EL HOMBRE QUE AMABA A LOS PERROS
Mis dedos penetran la densidad de tu pelo.
Hondo,
muy hondo.
Acaricio tus entrañas,
las saboreo.
Como saboreo tu lengua,
-que es también la mía-
rosada como el interior de un sueño,
húmeda, como la libertad del estío.
Cada día huelo más a ti, porque
Tú
eres
densa.
Como la sed, como el plomo en el pecho.
Muérdeme,
muérdeme y aprieta tus colmillos con fuerza,
quiero sangrar esta noche,
quiero sangrar en tu boca.
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