martes, 9 de febrero de 2016

AGAMENÓN



Y por fin, después de regar todos los campos de Europa con lágrimas, de cubrir el cielo con ceniza, de sembrar la tristeza y el odio, después de tantas vidas sin culpa hundidas en el fango… después de tanto, por fin podemos decir que hemos alcanzado el tan ansiado ‘estado de bienestar’.

Para que exista el progreso es necesario que el ciudadano viva en armonía con su entorno, que sus necesidades primarias estén afianzadas por un ente regulador externo que lo proteja. Con estos requisitos, el individuo no ha de preocuparse por su seguridad y puede emplear su potencial físico y mental para crear desarrollo. 

Sin embargo, el estado de bienestar no contribuye necesariamente a ‘estar bien’. El hombre occidental del S. XXI no es libre, y aunque aparentemente el escaparate social reluzca impoluto y lleno de víveres, la realidad que se esconde detrás es trágica: una individualización ficticia y subordinada a los encantos del capitalismo. Dejamos de ser un animal pensante para convertirnos en autómatas.

La ‘deshumanización’ provocada por el consumismo nos obliga a usar antídotos que alivien la desazón que genera esta sensación de ser un producto; un intentar volver de forma desapasionada a nuestros orígenes más instintivos mediante el uso de la violencia y el sexo descarnado. 

En ‘Agamenón’ se intenta resolver este conflicto entre la animalización humana y el aparente orden imperante mediante una negación de la realidad. El protagonista se deja llevar por los impulsos anárquicos del ello, sucumbiendo al placer y olvidando la norma. Las barreras entre lo convencional y lo instintivo se disuelven, y el hombre se revela en su máximo esplendor; un animal que lidia con la norma. 

Entonces el hombre, que vuelve a ser animal, reacciona frente a la masa uniforme y avanza a contracorriente, no solo cuestionándose la ética de su entorno, sino creando uno nuevo que se ajuste a sus intereses. Un padre de familia de clase media que decide partirle la cara a la sociedad y escupir sobre la belleza impuesta, que en un arrebato de lucidez resuelve en emplear la violencia como forma más pura de expresión humana para criticar, a su vez, el terrorismo de estado. Esta incoherencia es un reflejo de la realidad. Gobiernos que crean tragedia y que entierran esperanza se atreven a imponer cánones que regulan la actuación individual. Un padre-estado que ejerce una autoridad no otorgada de forma arbitraria. 

Del mismo modo, la visión tergiversada del amor produce un conflicto interno dentro de los átomos que forman la sociedad. La idealización estilizada propuesta por el sistema confronta con el vicio y la necesidad de posesión que producen esos mismos cánones consumistas, aparentemente envueltos en un halo de romanticismo. 

En conclusión, podemos afirmar que en nuestra sociedad se producen importantes contradicciones de las que somos cómplices. Dos de las grandes paradojas actuales serían, en primer lugar, la convivencia del puritanismo con la necesidad capitalista de seducir al consumidor con cuerpos deslumbrantes y semidesnudos, y, por otro lado, la hipocresía legislativa que regula la violencia y que pasa por alto aquella que se produce a gran escala, el terrorismo de estado, productor de tragedia. 

Por tanto,y teniendo en cuenta los impedimentos legales que previenen cualquier intento de boicot hacia el sistema, la forma más sensata de enfrentarse a lo injusto es la negación. 

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